Diría que soy de esas personas que creen que todo pasa por algo, pero os estaría mintiendo. No es así, aunque algunas veces desearía creerlo, sobre todo cuando la vida se pone difícil y busco desesperadamente algo en lo que creer.
Las cosas simplemente pasan, porque sí.
Hay algo extrañamente hermoso en la forma en la que todo lo que vivimos está conectado. Soy quien soy por todo lo que he vivido, bueno y malo. Y si algo hubiera sido diferente, yo sería otra Raquel, con otra vida, con otra historia. No sería yo.
Todo lo malo que me ha pasado me ha llevado, directa o indirectamente, a cosas mejores. La vida es una reacción en cadena constante, una fila aleatoria de fichas de dominó que, al caer, generan algo imprevisible.
No habría empezado a escribir una novela si no hubiese publicado mi poemario. Y mi poemario no existiría si no fuera por dos de las personas que más daño me han hecho en los últimos años.
Una, rompiéndome el corazón, me inspiró a escribirlo.
La otra, cumpliendo su sueño, me enseñó que podía creer en los míos.
No deja de ser curioso: No habría empezado a creer en mí misma si no fuera por ellas.
Ellas, a las que un día quise con toda mi alma, y a las que más tarde deseé no haber conocido nunca.
Curiosa la vida.
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